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Bienvenido seas, inquieto.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Del campo semántico de la perversidad






Del campo semántico de la perversidad



Vino a quedarse, del verbo copular... Y yo, temeroso, del verbo idiotizar,
tomé un martillo de la caja de herramientas; me acerqué a él, nos miramos fijamente.
Y jamás pasó nada, del campo semántico de lo inexistente.

Me arrepentí de mis temores, sollocé un poquito,
corrí a la cocina como conejo despavorido que olfatea a la comadreja…
Y justo como conejo y comadreja; me hipnoticé.
¿Con qué?
Con su voz,
con su piel,
su mirada,
mi temor,
mi ansia.
Con esa increíble escena absurda de aroma a nuez.

Con el espasmo entre las piernas, el recuerdo, aquél recuerdo.
Buscar un ser humano que hiciese sentir sin llegar al tacto.
Que cautivase sin usar yo, el olfato.

Heme aquí, como falleciendo antes de llegar a las fauces del depredador,
como volcando mis sueños húmedos a un cuadro diurno, sin música vulgar.

Heme aquí… Narrando tonterías, erotismos, sueños.
Con un martillo en la mano, él al frente, su voz…
Su piel,
su mirada,
mi temor
¿Temor?
¿Desde cuándo se le teme a los muertos?
¿Desde cuándo se le teme a los pinches hediondos muertos?


Quizás, desde nunca.






Un cuadro absurdo, según algunas percepciones. Agradable según otras, incomprensible quizás para la mayoría; pero al final, importante puente entre un anhelo y mi felicidad.
Recordé éste tipo de textos por la mañana, sentí necesidad de expresarme nuevamente de una manera más subjetiva que directa... Y lo he disfrutado, un chingo.



Jonathan Méndez

lunes, 20 de agosto de 2012

El Lamento




I    Confesión

Cuando niña, leía a escondidas las revistas porno que guardaba mi padre bajo su colchón, luego cuando llegaba, las escondía otra vez y bajaba toda asustada a servirle la comida o si no me servía él a mí, pero una bola de catorrazos que me dejaban moretes por todos lados. 
Ver su pornografía, era mi actividad favorita, me hacía soñar, me daba una vida como dicen “chida”.  Me imaginaba yo ahí, acostada en una cama, tocándome mis partes mientras un fotógrafo; de seguro se tocaba las suyas mientras disparaba el flash.  Yo era el centro.
Yo, vestida nomás con una de esas bufandotas largas de plumas y unos tacones negros grandotes grandotes, que nomás de verlos gritaran “en cuanto te pares, te trueno las patas”.


II    Refelxión

Qué gran asco debe ser, ahora recuerdo esas viejas fantasías y lo único cierto es que me hipnotiza, hay en mí una corriente eléctrica que recorre desde los tobillos hasta la puntita de los senos, esas, que te juro Dios, solo he visto una vez desde que entré a éste convento, lo juro de verdad… Pero no las olvido, es como si hablaran cada que me baño, con el frío gritan, me piden calor, me piden un amor torcido, decadente. Un algo que tú no eres.


III    Petición

Dios mío, perdóname. Perdóname en serio, de niña una es pendeja, una es ilusa y muy cochina, busca una satisfacción en lo material, en lo banal y en la seductora mentira.
Me dolía que mi padre me pegara, tú lo sabes porque a ti te lloraba,  creo, que por eso hasta en algunas ocasiones, el porno le robaba, por desquitarme, por no poder decirle en la cara… Quiero irme, quiero ser puta, quiero ser tu vergüenza y al mismo tiempo lo que más amas.
Dios mío, perdóname. Estas sensaciones me queman, me arde todo entre las piernas, castígame por alma pútrida, que este cuerpo que me diste es sagrado y es tu templo, es tu gloría y si siente frío y ansías de un amor retorcido, es porque es tu…


IV    Represión

 ¡Ay Dios perdón!  Hazme un milagro y derrite esas velas que parece que hablan el lenguaje retorcido del amor.



Para desafíar la rutina literaria.

Jonathan Méndez